Xicotepec, Puebla.


Vago en medio de un huracán en el bosque Xicotepeco. El último viaje antes de quebrarme. La humedad del ambiente y la calidez de la cabaña permanecen en un recuerdo lejano, alumbrando a lo lejos desde la montaña siguiente. Creo recordar el camino de vuelta, y a pesar de ser de una noche de luna llena el camino se pierde por nuevos crecimientos vegetales. Estoy solo, pero no perdido. Esa fogata se encuentra rodeada por espectros de recuerdos de todos aquellos que estuvieron durante esa etapa. Espectros que me gritan que tenía que haberme alejado hace mucho. Regreso en mí, a la acogedora oscuridad donde siento que ya no pueden seguir haciéndome daño. Cierro los ojos y un brillo cegador me obliga a abrirlos de nuevo. El bosque está en llamas. Los vientos alimentan a las flamas mucho más rápido de lo que soy capaz de encontrar una salida. Algo de mí se encuentra fijo, enterrado con las raíces de los árboles más viejos del lugar. Sus hojas se queman, pero sus troncos parecen ignífugos. Se siente seguro, tranquilo. Pero mi conciencia no escucha a nadie. Corre hacia los espectros, que se encuentran riendo. Las llamas vibran al mismo ritmo que sus risas. Siento el calor quemar los recuerdos. Grito tan fuerte que siento que se escucha más allá del vendaval.

Rodeado de cuatro paredes de cemento, pintadas de verde, respiro agitadamente mientras intento conectar con la realidad. Las voces nocturnas susurran algo antes de sucumbir a la lucidez: “¿Vas a regresar por lo que olvidaste de ti?”. Anoto esas palabras antes de olvidarlas, como los cientos de sueños que se apilan en el trasfondo de mi mente.

¿Recuerdo si quiera, qué es lo que olvidé de mí?